Lastimado y enfermo, una tarde helada de invierno se desplomó en la puerta de su casa: No sé cómo logró sobrevivir en la calle

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Ir a notas de Jimena Barrionuevo

Nunca supo los detalles sobre su triste pasado. Pero esa tarde helada de invierno, cuando literalmente aquel perro de pelaje negro se desplomó en la puerta de su casa en un barrio privado de zona norte de la provincia de Buenos Aires, entendió que debía tenderle su mano. Absolutamente ignorado y con heridas a la vista, “ya no tenía fuerzas para seguir, estaba viviendo de prestado. Cayó agobiado en la puerta de mi casa y ahí se quedó”, recuerda Cristina Chardon.

No dudó ni un instante. Buscó mantas para abrigarlo y con mucho cuidado lo levantó y lo entró a su casa mientras se comunicaba con la clínica veterinaria de confianza para avisar que se dirigía al lugar con un perro que necesitaba atención inmediata. “Tenía lastimaduras muy profundas en todo su cuerpo. Pero había otros síntomas también que preocupaban a los médicos. Por eso, lo primero que pidieron fue una resonancia. Y el diagnóstico fue porencefalia genética o adquirida, una condición neurológica que produce cavidades en el cerebro. Esos agujeros le generaban convulsiones. No se cómo logró sobrevivir en la calle y convulsionando realmente”.

No era la primera vez que Cristina rescataba a un animal necesitado. Y sabía que Lorenzo, como había bautizado al perro de manto negro al que le calcularon dos años, iba a necesitar tiempo, cuidados especiales y mucho amor para poder sanar. Llevó meses lograr que su golpeado cuerpo se recuperara de las heridas. “Estuvimos mucho tiempo haciendo cambios de vendajes porque tenía lastimaduras muy profundas que llegaban al hueso. Pero Lolo fue un perro súper dócil desde el comienzo y siempre dejó que lo atendiera sin problema”.

Después de un largo camino y con un alta médica escrita de puño y letra de su veterinario de cabecera que decía: “Lolo no presenta riesgos neurológicos, se encuentra controlado y puede realizar vida absolutamente normal”, Lorenzo renació de las cenizas. Hoy pesa 27 kg, come y juega como cualquier perro de su edad. Ama salir a caminar, pasear en el auto y meterse en el mar. Además, disfruta de la compañía de otros animales.

“Cuando hablo de medicación la gente desaparece”

“Su única condición es que toma una pastilla anticonvulsiva por día. Nada del otro mundo. Porque con eso hace una vida normal. Nada que debería condenarlo a no poder conocer el verdadero amor de una familia. Pero el correr de los meses me fue demostrando que esa no es la realidad. Porque nadie le da una oportunidad. Todos lo adoran porque es un perrazo, porque es un mestizo con mix de galgo y tiene un porte increíble, porque es cariñoso, porque se lleva excelente con otros perros y con la gente. Pero, cuando uno menciona la medicación, la gente desaparece. Y eso no es justo. No es justo que siempre busquemos lo perfecto, lo cómodo, el perro que se amolde a nuestras necesidades. Porque si algo aprendí en este camino es que la vida no te da el perro que querés, te da el perro que necesitas”.

En la casa donde vive con Cristina, Lolo ama jugar con el otro perro, Luke. Se siente protegido y acompañado por él, duermen juntos cada uno en su camita. Es muy inteligente y aprendió sin dificultades todas las reglas del hogar. Además es un animal súper mimoso, busca constantemente caricias. Es un perro de movimientos suaves cuando está adentro pero bastante juguetón cuando está con sus pares. Sus ojitos siempre buscan la aprobación del humano que está a su lado. Pasea súper bien en auto, se sube y no se mueve hasta que un humano lo baja.

Cristina imagina una familia para Lolo con un hermano de su especie, con personas que puedan pasar tiempo de calidad con él, que sientan que los animales son parte de la familia. “Lolo no necesita grandes lujos, solo necesita mucho amor, amor del bueno. Porque el es eso: amor puro y genuino. Lolo me ha enseñado tanto, es sin duda mi gran maestro. Me enseñó que las segundas oportunidades existen y hay que aprovecharlas todos los días. Que siempre sale el sol; que hay que ocuparse, no preocuparse. Estaré eternamente agradecida por su presencia en mi vida. Sin duda, en esta historia, él me ha rescatado a mí”.

“Lolo es un ser maravilloso. En casa nunca hizo macanas, más allá de robar un paquete de galletitas o alguna milanesa, cosas de perros. Ama profundamente al ser humano, tengo sobrinos muy chiquitos y es un pan de Dios. Nunca, jamás, un gruñido: ni con otros animales ni con la gente. Estoy dispuesta a ser su madrina de por vida, de acompañarlo a sus controles y ayudar con la compra de su medicación. De acompañar a su adoptante en cada necesidad que pueda tener. Pero no voy a renunciar al sueno de encontrar la familia perfecta para é. Porque se lo merece y porque allá afuera, en la fría y durísima provincial de Buenos Aires, hay muchos Lolos esperando que se libere un lugarcito en mi casa para poder entrar”.

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