«Muerte en invierno»: mucha nieve y poco ruido

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Emma Thompson sostiene como puede (y mucho no puede) un thriller que se pierde entre persecuciones, sentimentalismo y una intriga que se derrite antes del final.

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Emma Thompson, perdida en la nieve de «Muerte en invierno», de Brian Kirk.

En “Muerte en invierno” hay tanta nieve como en “Fargo”, lástima que no estén los hermanos Coen ni tenga el mismo guión y dirección. Si algo deja claro esta película de Brian Kirk (entre cuyos pergaminos se cuenta la dirección de algunos capítulos de “Game of Thrones”, no mucho más) es que desde sus primeros minutos el paisaje, ese blanco interminable que promete aislamiento y peligro, trabaja más que la propia trama. La nieve está ahí, omnipresente, cubriendo caminos y bosques, congelando lagos, como si el film quisiera convencernos de que el clima por sí solo puede sostener el suspenso.

Ambientada en Minnesota, como “Fargo”, aunque rodada mayormente en Finlandia y Alemania por exigencias de coproducción, la nieve no escribe diálogos, no organiza una intriga, y mucho menos resuelve el problema central de un relato policial que avanza con la misma pesadez de quien camina sobre la nieve.

Tampoco ayuda que la historia se sostenga en una premisa que desde el principio muestra las costuras. La protagonista, interpretada por Emma Thompson (a quien evidentemente no le deben llover ofertas muy interesantes en los últimos tiempos), presencia el secuestro de una muchacha (Laurel Marsden) por parte de un hombre barbudo, hosco, de esos que el cine ha entrenado al espectador a identificar inmediatamente como amenaza (Marc Menchaca).

Más adelante aparece otra mujer (Judy Greer), aún más despiadada, cuya crueldad termina opacando a la del propio secuestrador, de quien es su esposa. Hasta ahí, el mecanismo podría funcionar: dos villanos, una testigo en peligro atrapada en el medio, una indefensa muchacha maniatada en un sótano, un entorno helado donde no hay señal para celulares y donde nadie escucha los gritos, como en “Alien”.

Pero la película toma un camino extraño. En lugar de concentrarse en la tensión del policial, en la persecución, en la amenaza latente, en el peligro en cada escena, decide interrumpir el desarrollo con una serie de flashbacks dedicados al marido muerto de la protagonista y su pasado de felicidad. Digamos que Thompson, en esas permanentes interrupciones idílicas del pasado, está interpretada por Gaia Wise, su hija en la vida real (al menos, consiguió trabajo para la familia). Y no se trata de recuerdos fugaces o de detalles que iluminen su carácter; son escenas sensibleras, cargadas de una melancolía pedestre que desinfla la tensión.

El resultado es bizarro, en el peor sentido: lo que debería ser un thriller áspero, físico, se convierte trecho a trecho en una elegía sentimental barata. De esa forma, la película parece incapaz de decidir si quiere ser un relato de supervivencia o una meditación sobre la viudez. Y cuando una narración duda tanto sobre su identidad, el espectador empieza a mirar el reloj.

Es una lástima, porque Emma Thompson demuestra una vez más por qué es una de las actrices más sólidas de su generación. Incluso cuando el material que tiene entre manos no la acompaña, consigue sostener la atención con pequeños gestos: una mirada que mezcla desconcierto y cálculo, una forma muy particular de reaccionar ante la violencia que la rodea, como si su personaje estuviera siempre procsando algo más profundo que lo que el guión le permite decir. Thompson tiene esa rara cualidad de parecer inteligente más allá del libreto.

Pero ni siquiera ella puede salvar una estructura dramática endeble. La intriga avanza a golpes, alternando escenas de violencia o persecución —que deberían acelerar el pulso, con largos momentos de recuerdos que lo enfrían tanto como la nieve.

Pero hay algo más grave: cuando finalmente se revelan las razones detrás del secuestro, el ridículo se torna más evidente. Lo que durante buena parte del film parecía un misterio oscuro termina apoyándose en una explicación que no sólo resulta débil sino también extrañamente absurda.

“Muerte en invierno” tiene algunos ingredientes que en otras manos, quizá, podrían haber dado algo más inquietante: el aislamiento, la nieve, los personajes moralmente opacos, la sensación de que en ese paisaje blanco cualquier crimen puede desaparecer sin dejar rastro. Pero el film recorre ese territorio sin convicción, a brochazos de lugares comunes.

“Muerte en invierno” (“Dead Of Winter”, EE.UU.-Alemania, 2025). Dir.: Brian Kirk. Int.: Emma Thompson, Judy Greer, Marc Menchaca, Laurel Marsden, Gaia Wise.

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